Hace muchos años, a veces me parece que en otra vida, trabajé en un gran equipo dentro de una empresa gigante, controlado por una consultora gigante.

Uno de los objetivos principales de la consultora gigante era desplazar cada vez más carga de trabajo hacia un modelo de offshoring, claro. La explicación, sencilla y fácil de comprar, se basaba en la rentabilidad y en la eficiencia.

Ese enfoque colisionaba frontalmente tanto con los intereses del gran equipo, como con los de la empresa gigante.

El gran equipo tenía la sensación de hacer cada vez peor trabajo, de desatender a su cliente, y de ser cada vez menos rentables.

Por su parte, la empresa gigante veía con estupefacción cómo cosas que deberían ser sencillas, se maleaban y se eternizaban, aparentemente por la creciente ineptitud del gran equipo, que cada vez hacía las cosas peor.

Y mientras, la consultora gigante seguía haciendo más eficiente y rentable el proceso, buscando la contratación de perfiles más económicos, e instaurando como métrica principal el abaratamiento de la pirámide de costes. Para conseguirlo, se seguía una política de intervención completa en la construcción de los equipos, y en la forma de trabajar.

En aquella época, algunos desheredados, apostamos por que podíamos conseguir mejores resultados haciéndolo al revés. Pedimos tener una pirámide más cara. Gente de esas factorías offshore, pero con nombre y apellido, no intercambiables, a los que ya conocíamos y con los que nos comprometíamos a generar mayor rentabilidad global que de la otra manera.

Y lo curioso es que, aunque los números salían, y salieron durante muchos meses, la consultora gigante no compraba la idea, y seguía presionando para abaratar la pirámide de costes.

Nuestra propuesta era muy sencilla; “no te metas con cómo lo hago, me exiges unos resultados y yo te los estoy mejorando”. Pero no colaba, no la admitían, y poco a poco fuimos cediendo terreno.

Pero siempre, incluso cuando me largué de allí para iniciar una nueva vida profesional, planeaba en mi mente una reflexión consparanoica;

Si esto no funciona, si lo vemos claro, si los resultados no mienten… ¿por qué seguimos haciéndolo igual?

Con los años, llegué a asumir que los intereses reales de la consultora gigante no se basaban en la rentabilidad global, en obtener un margen de beneficio en la entrega de valor a la empresa gigante.

El sistema, por el contrario, se basa en obtener beneficios de cada uno de los pasos, de cada una de las capas, de cada uno de los niveles de subcontratación, de todos los puestos de supervisión, de todos los controles de eficiencia que además se intentaba facturar al cliente.

En resumen, existía una métrica oculta, invisible a mis ojos por aquel entonces, que cuestionaba toda mi aproximación a la eficiencia. Y para alimentar aquella métrica, tanto la empresa gigante como el gran equipo éramos meros peones, piezas de una maquinaria que sólo servía a los intereses de sus amos.

Por el camino nos vimos además convertidos, como en un perverso proceso de Síndrome de Estocolmo, en garantes de ese proceso, luchando por mejorar esa pirámide que no beneficiaba a nadie excepto a unos pocos en la consultora gigante.

“¿Y la deuda griega, Jorge? ¿Ya has vuelto a beber? ¿O era un título trampa?“

Va, va, paciencia, que patino…

El tema es que… cuando leo todo lo que puedo acerca de la deuda, de Grecia, del referéndum, de las presiones, de la pertenencia o no al Euro del concepto de Europa… tengo la sensación de estar reviviendo aquella época.

No se si Grecia tendrá un gran equipo, o uno más del montón. Pero parto de la base de que como pueblo, tendrán unos intereses que no difieren demasiado de los míos o de los de los alemanes. Eso es algo que asumo como punto de partida.

Así, estarán intentando hacer lo que mejor les convenga, tanto a corto como a medio y largo plazo, y tendrán su propio plan para, con ayuda y en un contexto adecuado, salir del agujero. Entonces… ¿de verdad necesitamos esa guerra por imponer el *cómo*? ¿Ese fanatismo de *o de esta manera o el caos*?

Sigo teniendo esa extraña sensación seudoparanoica que tenía entonces, de que existe una métrica oculta. Y de que todo el sistema se basa en generar rendimientos. Que lo que importa son las medidas que se instauran, y no los resultados que se obtengan. Que pretendemos imponer una agenda política, no sólo decirles qué y cuánto, sino *cómo* tienen que hacerlo. Ignorando el hecho de que durante décadas, esas recetas han mostrado una eficiencia más que discutible desde el punto de vista de la agenda pública.

Entonces… no puedo evitar que vuelva a mi mente la consparanoia:

Si esto no funciona, si lo vemos claro, si los resultados no mienten… ¿por qué seguimos haciéndolo igual?

La respuesta, me temo, puede ser parecida a la que necesité años para asimilar en mi vida anterior, y puede que sea incluso más dura que la que descubrí entonces.

Pero en esta ocasión… no parece existir un lugar hacia el que huir y empezar una nueva vida.