Dándole una vuelta, qué raro, a la #bonlista de esta mañana.
Suelo tener muy claras mis ideas políticas, y suelo tener también claro que son eso, “ideas”, líneas de pensamiento.
Sé bien que el diablo está en los detalles, y se bien que muchas de esas ideas son muy complicadas de implementar, de llevar a algo tangible, sin trampas. Por eso me recuerdo que son eso, “ideas”, y que son la brújula que debe guiar mis pasos, no un mapa detallado.
Que lo importante es el rumbo hacia el que quiero avanzar, y no si tengo que dar un rodeo para evitar una montaña, o para ayudar a otros caminantes, pero que no debo confundir el camino con el rumbo.
He tomado hace ya un tiempo la decisión de a quién votaré estas elecciones, y posiblemente las próximas. Y digo que la he tomado, en activo, porque en los 41 años que tengo, he votado ya un montón de veces, y puedo decir sin avergonzarme que he cambiado el voto siempre que lo he creído adecuado. He votado a algunos que ya no existen, he votado a algunos a los que nunca más votaré, y he esquivado como la peste a varios a los que nunca daría mi confianza. Y casi siempre me he guiado por mis ideas, por esa brújula.
El caso es que siempre he atendido a los programas, a las ideas de esos partidos, a su comportamiento previo, para decidir cuáles de las coincidencias con mis propias “brújulas” ideológicas eran más significativas, para decidir mi voto. Y aunque es decepcionante que tu opción no obtenga respaldo significativo, como ha sucedido tantas veces, lo más decepcionante ha sido comprobar cómo las veces que lo ha obtenido no se ha traducido en resultados de los que sentirme orgulloso o identificado.
Y eso te hace pensar… ¿son realmente lo único importante los programas, o debo empezar a fijarme además en otras cosas? Como si fuera un inversor… ¿basta con la idea, o debo estudiar la capacidad de ejecución?
Ya anticipé hace un tiempo, lateralmente, lo que pienso de los partidos políticos, en este mismo blog. Resumen: ¿no estamos ya preparados para inventar nuevas formas de hacer las cosas?
Hoy preguntaba Isidro López en twitter: “¿Tiene el movimiento #agile ideología (que no partidismo) político?”
Sé por dónde va la pregunta, e imagino el debate interminable que podría generarse, pero me voy a ir por la parte que Isidro descartaba; ese “(que no partidismo)”. Porque mi impresión es que si algo debería tener “agile” es UN CIERTO MODELO DE PARTIDO POLÍTICO.
Pedimos a las empresas que orienten sus estructuras al valor, que piensen en su cliente continuamente, que estén dispuestas a demoler sus estructuras a diario y a empezar de cero, a cuestionarse cada desperdicio, a montar equipos multidisciplinares y sin jerarquías, a aprovechar el conocimiento de cada uno de sus miembros, alineándolos y trabajando juntos en pos de una visión compartida… ¿y de verdad pensamos que un sistema político estructurado en torno a clanes, privilegios, profesionales del aparato y subvenciones puede solucionar las cosas, puede llevar a algún lado los cambios profundos que casi todos, con nuestras diferencias ideológicas, vemos necesarios?
Por eso he decidido que mi voto no irá sencillamente a quien coincida con mis brújulas ideológicas (tengo varias opciones “teóricas” en el espectro), sino a quién se plantee además una forma alternativa de hacerlo, que yo vea viable, ambiciosa y valiente.
Porque no me da miedo equivocarme, no me da miedo “perder”, no me da miedo ser parte de una minoría olvidada, ni enfrentarme a la desilusión si es que esta tiene que llegar, si es que aquellos en quienes ahora voy a confiar no están a la altura.
Lo único que me da miedo es no haber hecho todo lo posible, y no haber apoyado a aquellos que tenían una oportunidad, por remota que fuera, de cambiar el mundo para mejor.