[Disclaimer 1: Este post es respuesta a la petición de @CarlosTheSailor en #crossblogging. Supongo que recuerda que alguna vez (hace mucho!) hablamos de estas cosas, y ha decidido torturarme. #challengeaccepted!]

[Disclaimer 2: No se si unir estos dos términos va a hacer algún favor al movimiento Agile. La Crianza Natural tiene tales connotaciones *hippies* para muchísima gente, que puede ser contraproducente. Aceptamos el riesgo, #challegenaccepted!]

[Disclaimer 3: No soy ningún experto en Crianza Natural. Pero como tampoco lo soy en Agile, lo comido por lo servido :P #challengeaccepted]

Contra lo que pueda parecer inicialmente, creo que existe un fuerte vínculo en común en las raíces del movimiento Agile y en la filosofía de la Crianza Natural (crianza con apego).

Y es que ambos movimientos pueden considerarse una vuelta atrás. Un replanteamiento de la evolución de las prácticas modernas en sus respectivos campos, y una readaptación de las mismas basadas en unos principios.

Curiosamente, “vuelta atrás” tiene connotaciones negativas en nuestra cultura, y quizás eso puede darnos ya pistas de dónde está el origen de muchos de los problemas actuales.

Pero intentaré explicarme…

La medicalización de la crianza, y la gestión científica de la salud

Parir (con más o menos dosis de bíblico dolor) es algo que el ser humano, y mucho más concretamente la mujer, ha hecho mejor que peor durante toda la existencia como raza.

En ese sentido, podemos considerarlo una práctica ampliamente asentada, practicada durante siglos, y con un cuerpo de conocimiento práctico desarrollado en base a la experiencia. El sistema de transmisión de conocimiento tácito/explícito ha funcionado durante milenios.

Pero parir (y la crianza) solía ser una actividad de riesgo, en cualquier caso, con lo que lógicamente se buscaba la forma de garantizar al máximo su éxito, lógicamente.

Con el desarrollo de la medicina moderna, al fin, el parto pasó también a beneficiarse de todas las ventajas que traía el nuevo sistema. Y hubo un beneficio claro, consiguiendo que el índice de mortalidad cayera en picado. Pero a cambio, la medicina moderna exigió un cambio en las jerarquías. Exigió ponerse al mando de las operaciones. A partir de ese momento, todas las decisiones relacionadas con el parto se tomarían desde la óptica de la medicina.

La matrona deja paso al ginecólogo, y la mujer deja de ser el sujeto protagonista de la acción para ser el objeto pasivo de la “extracción” realizada por el médico. Las decisiones comienzan a tomarse para facilitar dicha extracción, se adopta la postura “tumbada” de la madre, a pesar de las complicaciones que introduce, etc…

Como dijo Michel Odent , “La obstetricia, disciplina dominada por el hombre médico, nunca ha comprendido la fisiología del parto,”

Así que, de alguna manera, el fin paso a segundo término, eclipsado por la criticidad de los medios establecidos para un objetivo mayor.

¿Cuales son las motivaciones para todo esto?

Esencialmente, la búsqueda de la seguridad. Seguridad del niño, seguridad de la madre, e incluso la seguridad del padre. Pero la necesidad de seguridad se acentúa desde el MIEDO; y este se deriva, como tantas veces, del DESCONOCIMIENTO.

Desconocimiento sobre areas *clave* del desarrollo humano, como son el embarazo el parto y la crianza, que una vez comprendimos pero que hemos perdido mientras adquiríamos otros conocimientos teóricamente más *productivos*

Este miedo, esta búsqueda de la seguridad asociada a la evolución de la medicina moderna, llevó a la conversión de los procesos naturales en *procedimientos* mecanizados como parte de la elevación a los altares de la Ciencia sobre el conocimiento histórico.

E igual que hemos olvidado cómo se tienen hijos, parece que también hubo un momento en que olvidamos cómo se criaban. Con la industrialización nos replanteamos también la relación con los lactantes, y la ciencia *reinventa* la crianza. Se genera una cierta demonización de las teorías de apego, de la lactancia, del colecho.

En el lado de la crianza, estamos bombardeados continuamente por intentos de “modernizar” la crianza. En los 70 dar el pecho era “de pobres”, y todavía ahora aspectos psicoestúpidosexuales hacen que un elemento básico y esencial que nos define como *mamíferos*, nos resulte vergonzoso y sea algo que las mujeres tienen que estudiar de adultas y casi a escondidas, o conspirando en reuniones semiclandestinas de la Liga de la Leche.

Por el amor de… ¡que somos *mamíferos*!. Que lo más natural, esencial, eficiente, mágico, reconfortante… es la fusión de amor, protección, y alimento que hay en un niño abrazado al pecho de su madre.

Pero se nos bombardea con otros objetivos; estéticos, seudomorales, farmacéuticos, procedimentales… y cedemos, claro que cedemos.

A estos cambios, en áreas tan delicadas de la evolución y formación del ser humano, es util enfrentar una simple reflexión antropológica de andar por casa (y que me perdonen los antropólogos :P)

¿De verdad, de verdad, los mecanismos evolutivos desarrollados durante miles de años se han podido torcer *tanto* en 200 años?

¿Realmente es el Hombre tan defectuoso desde el siglo XIX que necesita cambiar *radicalmente* sus modelos de crianza y apego para sobrevivir a un entorno autoimpuesto?

¿No sería más razonable pensar que es ese entorno el que debemos evolucionar?

¿No estamos imponiendo al ser humano un tripe salto mortal para intentar adaptarlo por la fuerza a su propia invención industrial?

¿Dónde quedan los sistemas tácitos de transmisión de conocimiento? ¿No se ha producido una cierta interrupción de la cadena de conocimiento generacional?

Taylor, la gestión científica, y la medicalización financiera de la industria…

…o la maldita costumbre de convertir los medios en fines, y eliminar el “pensar” y la confianza en las personas.

No voy a desarrollar demasiado este punto, porque espero que el símil quede suficientemente claro con un par de puntos.

En la búsqueda de la seguridad, las industrias recurrieron a la procedimentación intensiva, para así dejar de depender de las personas.

De alguna manera, los procedimientos operacionales y el control financiero, se pusieron a los mandos. En la práctica, con más autoridad que los objetivos finales, que la capacidad de las personas de responder al cambio de los mercados, de la realidad. Son, de alguna manera, los “médicos” de la organización.

Y ya se ha hablado largo y tendido de cómo nuestra industria (desarrollo de software) se fue intentando “hacer mayor” en un intento de hacerla más segura y más predecible. La “industrialización” del software ha sido un objetivo alabado y compartido durante décadas. Y mientras perseguíamos ese objetivo, no éramos del todo conscientes de que las propias industrias en las que nos inspirábamos estaban renunciando a esos métodos para poder sobrevivir, y se orientaban hacia unos principios de base más flexibles y más ambiciosos.

El problema con los sistemas basados en principios, en contraposición a los basados en procedimientos, es que exigen *capacidad de pensar* en todos los participantes. Y exigen alineación, visión y responsabilidad compartida. Lo que en ocasiones resulta muy incómodo y complicado de conseguir.

Esta comodidad, esa necesidad del ser humano de tener patrones de comportamiento preprogramados y aprobados, esa necesidad de “saber” lo que es correcto sin parar realmente a pensar y analizarlo, es el don y la maldición de la Especie. Intentamos hacer las cosas “porque se hacen así”, sin conocimiento real. Seguimos procedimientos pensados para resolver problemas distintos de los nuestros, porque parecen “adecuados”.

De alguna forma, no puedo evitar pensar en nuestro siglo XX como en esa madre “medicalizada”, que pierde el control sobre el nacimiento y crianza de su prole, asediada por normas de seguridad no totalmente limpias de intereses médicos, financieros, industriales.

Si Agile es algo para mí, es una reivindicación de las capacidades de individuos motivados y alineados de conseguir el éxito, de encontrar la respuesta adecuada a las necesidades cambiantes de nuestro entorno. Es el reconocimiento de que, tornando los medios en fines, hemos cometido un gran error que nos hace retroceder. Una aceptación íntima de que lo primero que debemos hacer para salir del agujero es dejar de cavar.

En ese sentido, la “vuelta atrás”, volver a las raíces, replantearnos con osadía y sin complejos en qué basamos nuestras acciones, es algo que deberíamos fomentar a diario. No es cuestión de hippismo, ni de seudociencias. Es más una cuestión de desarrollar el criterio, y la autocrítica.

De aceptar todos los medios que nuestra evolución tecnológica pone en nuestras manos, pero integrándolos en nuestros principios, en nuestros propósitos, y en nuestra vida.