Mañana post-24M.
Otra vez esa sensación extraña escuchando los análisis políticos mass-media.
Matemáticas de primaria, suma de escaños, análisis de qué votos se han trasvasado de un embalse a otro, de cuántos se han quedado en casa y cuántos han vuelto a votar. Los qués, serán interpretables, pero son por lo menos cuantificables.
Ahora el monotema son los pactos, porque el único objetivo de unas elecciones que el sistema mediático puede plantearse es la ocupación del poder.
El gobierno corresponde a aquel que tiene el bastón de alcalde, la protección de los dioses, la espada en la roca, investido de un aura que lo eleva y lo separa.
Incluso mediante esas figuras participativas que llamamos democracia, de alguna manera seguimos plegándonos a él, le juramos pleitesía, o le planteamos batalla. Siempre en una relación desigual, desequilibrada; el elegido, frente al pueblo que lo eleva o lo hunde.
Y como el objetivo es conseguir el bastón, la visión de túnel nos impide ver algo tan básico como que sólo es un medio para el fin real; gobernar, tomar decisiones, hacer políticas, poner medios, arreglar problemas.
Los cómos pueden ser distintos, y lo serán si parten de una diferencia de base; ser elegido para un cargo no es aprobar una oposición, no es una prueba sagrada de aptitud que te otorga una silla privilegiada en el Akelarre.
Ser elegido es un compromiso de ejercer el poder delegado, y debe venir aparejado de transparencia y control por parte de los ciudadanos. Ahí, en el cómo, está la clave de los próximos años. Lo bueno de que hayan sido unas elecciones municipales el escenario de este nuevo reparto, es que la posibilidad de cambiar los cómos localmente, de cerca, nos da la opción real de conectar el día a día con la política. Será más complicado cuando pasemos a política de grandes cifras a nivel nacional.
Lo que nos lleva a esa otra parte del análisis que se escucha; esa santa manía que tenemos de interpretar el voto agregado de una población de 30 millones de electores como si fuera la conciencia real de un único ser racional.
Ese ejercicio de redacción de secundaria que lanza al aire boutades tipo “el mensaje es que el Pueblo quiere pacto”, o análisis profundos como “se ha castigado la corrupción”. ¡Joder, lo extraño sería que no se castigara!. Pero “el Pueblo” no piensa, los votantes lo hacen, más o menos.
Sin embargo tengo la sensación de que ahí, en los porqués, está la clave. El feeling de que una parte importante de esos cambios de votos responden a algo más que a una reacción en caliente, corrupción, crisis, hartazgo, miedo….
Creo que responden a una corriente más profunda, que surge de la constatación de la falta de control sobre nuestras vidas. de la de nuestras familias y vecinos, de nuestro futuro. Sensación de que nadie va a cuidar de nosotros, y que nadie debe hacerlo, salvo nosotros mismos, unos a otros, buscando un escenario de justicia.
¿Qué porcentaje de esos nuevos votantes persiguen realmente un nuevo mensaje de ese tipo, y cuántos siguen otras inercias? Ni idea. Seguramente es un porcentaje bajo, pero espero que pueda ser una corriente suficientemente poderosa como para ayudar a mantener la cordura, evitar caer en los vicios viejos, y usar las nuevas posiciones como palancas de transformación.
Porque las razones son poderosas. No hablamos de una revolución ideológica o política, hablamos de una revolución más profunda si cabe, con un impacto estructural completo.
Gobernarnos a nosotros mismos, ni más ni menos; confiar, tender la mano, trabajar y vivir juntos.